El día que mi padre y Ki trajeron a Thor a casa fue, con 11 años de diferencia, el mismo día que trajo mi padre a Guismo. Casualidades de la vida. Sólo que Guismo tenía apenas 18 días cuando llegó a casa; pero, a pesar de ello, estaba gordote como un tonel (precisamente por eso su criador insistió en que nos lo lleváramos tan pronto). Thor, sin embargo, tenía algo más de dos meses y medio. Y estaba famélico (se le marcaban todas las costillas y la columna) y bastante asustado. Le tuve que hacer la foto de bienvenida con el móvil, porque la cámara le daba miedo. En realidad, todo le daba miedo. El pobre se me metió en el hueco entre las piernas en cuanto me senté en el suelo; no por búsqueda de cariño, sino porque intentaba esconderse.

Ahora Thor sigue haciendo lo de meterse en el hueco de las piernas cuando te sientas con ellas cruzadas. Lo hace menos, porque ahora es mucho más grande y está incómodo. Pero lo importante es que ahora lo hace por puro cariño, y no por miedo. Lo de que los perros viven el momento es absolutamente cierto.

Hoy, Thor cumple seis meses. Han pasado poco más de tres meses desde que llegó, pero ha crecido muchísimo. Y ha perdido el miedo a la mayoría de ruidos, aunque no a quedarse solo. Todavía llora y se enfada cuando lo dejamos sin compañía, aunque sea sólo por un rato.

En este tiempo, en apenas estos tres meses y poco, hemos aprendido a convivir mutuamente y a establecer las reglas básicas de compañía. Y aunque de vez en cuando Thor sigue demostrando que, a pesar de su adorable exterior teckeliano, su yo interior es el de un perro de Tindalos, está empezando a comprender que nosotros somos las manifestaciones de Cthulhu.

Yo, por si acaso, siempre le enseño el Pelucthulhu para que se acuerde. Y lo que sí es cierto es que Thor adora a Pelucthulhu.

Aunque no sé si su forma de demostrarlo es sacrílega o no.